Aunque pudiera no existir conexión evolutiva alguna entre los dos diminutos habitantes del desierto, lo cierto es que existen sorprendentes similitudes entre el Chihuahua y el zorro fenec. Con sus enormes ojos y orejas, el minúsculo Chihuahua resulta tan simpático como el fenec que, lamentablemente, está ahora en la lista de las especies en peligro de extinción. Y como el origen del Chihuahua permanece en el misterio, puede resultar divertido fabular en torno a su fascinante semejanza.
El Fennecus zerda tiene pies largos, delgados, peludos y un tanto planos, que le permiten desplazarse velozmente por las arenas, lo mismo que el Chihuahua original. El fenec es oriundo del desierto del Sáhara desde el sur de Marruecos hasta Egipto y Sudán. Muchos expertos en la raza consideran que ésta es la zona exacta donde se originaron los antepasados del Chihuahua. Este minúsculo perro se destaca no sólo por admitir a otros Chihuahuas sino también por su necesidad de convivir con ellos. A diferencia de los otros zorros, el fenec vive en grupos de ocho a diez individuos.
El Chihuahua prefiere una dieta variada. Si se le da la oportunidad, elegirá precisamente la misma comida que elegiría un fenec: vegetales, roedores muy pequeños, lagartijas e insectos. Pregunte a cualquier dueño acerca de la irreprimible e irresistible preferencia de esta raza por cazar y comer insectos. Lo mismo que el Chihuahua, el pequeño zorro tiene una dentadura débil, disposición verdaderamente rara en una especie salvaje, aunque por desgracia, bastante común en los perros de talla pequeña.
¿Quién sabe qué pudo ocurrir miles de años atrás? Sabemos que en la década de 1980, el fenec fue cruzado con éxito con una raza canina doméstica. ¿Es necesario preguntar con cuál? Tales cruces aún se efectúan en California, lugar donde, no precisamente por azar, el leopardo asiático fue cruzado con el gato doméstico en la década de 1970. Un investigador médico de la Universidad de California descubrió que el leopardo era inmune a la leucemia, pero fue incapaz de manejar o reproducir al pequeño leopardo con fines de investigación. Así es que se puso a trabajar con una criadora de gatos, Jean Mill, y entre los dos lograron la supuestamente imposible proeza de combinar los diferentes números de cromosomas y las otras incompatibilidades con posibilidades de solución, entre las dos especies. El resultado fue elBengala, un popular gato de exposición y mascota familiar, con manchas realmente espectaculares.
Ahora lancemos un vistazo a ciertas teorías, leyendas y hechos que realzan el encanto del miembro más pequeño de la especie Canis familiaris.
Algunos de los historiadores de la raza consideran que el antepasado del Chihuahua fue un perro desnudo que, viniendo de Asia a través de Rusia, cruzó el estrecho de Bering y alcanzó los territorios de la actual Alaska. Los perros desnudos existían en China, África y Turquía, por lo que otra teoría es que el Crestado Chino fue «americanizado» en una época tan temprana como el siglo VII a.C., cuando las naves chinas alcanzaron las costas de América del Norte y de América Central. Podría ser, pero el sentido común nos hace pensar que, si los chinos llegaron a traer perros consigo, el espacio y la comida debieron haber sido reservados para los gordos y fuertes Chow Chow, capaces de servir como alimento a la tripulación durante un viaje tan largo, y no para mascotas desnudas, delicadas y pequeñas. ¿Y cuánto no habrían tenido que navegar a fin de traer la cantidad de perros necesaria para influir en la base genética de los perros americanos? ¿Se trató acaso de un Arca de Noé perruna?
Otros investigadores apuntan hacia los antiguos perros desnudos que habitaban México y América Central y del Sur. Las evidencias sugieren que siempre fueron perros domesticados, al menos desde que se convirtieron en desnudos. El folklore que rodea al Perro Desnudo Mexicano (Xoloitzcuintli) se entrelaza confusamente con el del Chihuahua, a pesar de que la talla más pequeña de Xolo reconocida por la Federación Cinófila Mexicana y la Federación Cinológica Internacional es dos veces mayor que la del Chihuahua más grande. Sólo en los Estados Unidos y sin estar reconocido por el American Kennel Club, aparece descrito en un estándar racial un Xolo miniatura.
Si continuamos con esta lógica circular, ¿por qué no suponer que fueron los perros desnudos de Perú y México los que influyeron en los perros chinos y no a la inversa? En las antiguas pinturas mayas encontramos representados pequeños perros desnudos con tupés. Es posible que los navegantes chinos quedaran fascinados con los perros desnudos de América del Sur, lugar donde inicialmente hicieron puerto o, más tarde, con los pequeñines descubiertos en México. ¿Por qué no habrían de llevarse algunos a su regreso a China y a otras partes del mundo? El tráfico en un solo sentido no tiene demasiada lógica y, como se podrá ver, hay datos que lo contradicen.
Adicionalmente, cualquier criador de perros razonable objetaría cualquier conexión entre los perros desnudos y el Chihuahua basándose en sus conformaciones marcadamente diferentes. La forma rectangular de la cabeza de los perros desnudos es absolutamente diferente a la delChihuahua. Todos los desnudos tienen colas largas, redondeadas y en forma de látigo, mientras que el Chihuahua tiene una cola peluda, aplastada y erecta. Los largos pies en forma de garras de los primeros Chihuahua no se encuentran en ninguna otra raza. Como apuntábamos al comienzo, el Chihuahua tampoco se parece al San Bernardo y no es que tratemos de convencer a nadie de que fueron la misma raza en un momento determinado.
Pero si aceptamos que no hay evidencia alguna para argumentar que el Chihuahua desciende de perros desnudos o de perros chinos traídos por mar a la América del Sur y Central durante el siglo V, entonces deberemos buscar otra explicación.
A mi modo de ver, hay teorías más plausibles que sitúan las raíces de la raza en Egipto o Sudán, desde donde se produjo una migración a través del estrecho de Bering o desde donde fue llevada a través de los países mediterráneos hacia Malta. Evidencias físicas relacionan al Maltés de bolsillo con el Chihuahua, pero podría ser que su antepasado americano fuera dejado en la isla por los marineros de antaño. La característica singular, pero fácilmente demostrable, que comparten el «perro de bolsillo» y el Chihuahua es la presencia de la fontanela, esa suave depresión del centro del cráneo. La abertura craneal se cierra, en el resto de los perros, del mismo modo que ocurre con los niños, pero en la mayoría de los Chihuahuaadulto, esa abertura puede detectarse fácilmente. Lo significativo de este hecho es que el Chihuahua es la única raza canina que presenta esa fontanela.
Como suele suceder con todas las especulaciones, la que sitúa el origen del Chihuahua en China o en Europa presenta importantes inconvenientes. Los perros de América del Norte fueron reverenciados por sus primeros habitantes, tal como se evidencia en Indian Knoll, un centro arqueológico de dos acres situado en Kentucky, Estados Unidos. En una sola excavación, el Dr. William Web encontró veintiún perros pequeños enterrados en tumbas que databan del año 3.000 a. C. En un conjunto de novecientas tumbas humanas, era evidente que ciertos perros tenían un significado y una posición social especiales para la comunidad que los criaba.
La excavación de Kentucky ofrece una evidencia irrefutable de que esos perros fueron domesticados en América del Norte mucho tiempo antes de su posible arribo en naves chinas haciendo escala en México. El norte de este país limita con los Estados Unidos desde la Costa del Golfo hasta el Océano Pacífico. Un viaje desde Kentucky hasta Chihuahua, en México, no llega a los tres mil kilómetros, es casi un paseo comparado con la ruta migratoria desde el lejano Oriente hasta Alaska.
Ningún historiador canino estuvo allí para recibir a los inmigrantes asiáticos, de modo que no sabemos si el antepasado del Chihuahua llegó con ellos o si, habiéndose encontrado primero con los esquimales, esos inmigrantes se movieron hacia el sur (Idaho) y allí fueron recibidos por los aborígenes americanos y sus pequeños perros. Este escritor puede aceptar tal teoría con la misma facilidad con la que yo especulo que lo que podría haber atravesado, con ellos, el puente de tierra, fue una rama evolutiva del zorro fenec. Lo único cierto es que los primitivos norteamericanos habían domesticado al perro miles de años antes de que los chinos navegaran hacia Acapulco. De manera que, como se dijo antes: ¿por qué el viaje no habría podido ser en la otra dirección? Tal vez, los primeros exploradores llegados de China se llevaron con ellos de regreso a los graciosos perritos mexicanos que habían continuado su migración hacia el sur.
En cualquier caso, parece cierto que el Techichi tolteca fue el antecesor más reciente del Chihuahua actual. Algunos creen que el Techichi fue, en realidad, un roedor, pero las fronteras lingüísticas impiden comprobarlo. Los toltecas forjaron una civilización espléndida que dominaba gran parte de México. Fueron los constructores de la gran Pirámide del Sol, a sólo 60 kilómetros de lo que es hoy Ciudad de México. Una de sus ciudades fue Chichén Itzá. Cuando mi esposo y yo estuvimos allí, en medio de las ruinas, nos conmovió comprobar no sólo lo avanzados que estaban sino también su manera de estar en sintonía con el cielo, el universo y las estaciones, tal como se evidencia en los restos arqueológicos. Los toltecas trabajaron el metal y la arcilla, hilaron el algodón y extendieron el culto al dios Quetzalcoatl. Su imperio alcanzó el máximo esplendor alrededor del siglo X d.C., pero fue destruido por guerras internas y externas.
El perro tolteca está representado en piedras talladas que forman parte del monasterio llamado Huejotzingo. Determinadas partes del edificio están construidas con materiales transportados desde las pirámides aztecas de Cholula. El monasterio, levantado por los monjes franciscanos hacia 1530, se encuentra entre la Ciudad de México y Puebla.
La cultura tolteca cedió su puesto a la azteca, que parece haber adoptado al Techichi y a los perros desnudos, a los que utilizaba en los sacrificios religiosos. Los aztecas usaban matracas y dos tipos de tambores ceremoniales, el huehuetl o tlapanhuechuetl (vertical) y el teponaztli (horizontal). Existe una interesante pieza de museo que es una matraca moche, en cuya parte superior aparece el retrato perfecto de la cabeza de un Chihuahua moderno. Una cabeza humana completa el mango. Los aztecas atribuyeron a estos perros un gran significado religioso y por ende, eran una ofrenda de gran consideración hacia los dioses.
Con los avances sociales y las progresivas facilidades de la vida, la gente pudo disponer de mayor cantidad de tiempo para dedicarse a actividades tales como la cría de perros. Las evidencias arqueológicas demuestran que su cría selectiva evolucionó desde un interés probablemente alimenticio hacia otro de significación espiritual, para llegar finalmente a un interés puramente suntuario: la mera compañía.
Este lazo está claramente expresado en una figura que tiene una antigüedad de más de tres mil años. Representa a un perro besando la cara de una persona. Es fácil de comprender, entonces, que los Chihuahua fueran enterrados con sus amos y que los arqueólogos hayan encontrado restos de esta raza en tumbas humanas, tanto en México como en los Estados Unidos. Un ejemplo maya de un Chihuahua criado como mascota se encuentra en la figura de una mujer que camina con un niño de la mano mientras en la otra lleva un perro diminuto. Esta pieza data de los alrededores del año 750 d.C. y se encuentra en la Universidad Tulana de los Estados Unidos.
Si los antecesores del Chihuahua fueron los perros existentes en América del Norte, si fueron traídos en naves comerciales chinas, o si se originaron en el desierto egipcio, lo único cierto que sabemos es que un tipo de perro muy parecido al Chihuahua actual floreció en lo que es hoy el norte de México.
México reivindica su cuna por haber dado el nombre a la raza y, de hecho, el Museo de Historia Natural de ese país ofrece lo que muchos consideran la prueba irrefutable de que elChihuahua es nativo del norte de México. Se trata de un esqueleto que mide sólo 17 cm de largo y que es claramente el de un perro tipo Chihuahua, con un cráneo abovedado que presenta varias fontanelas.
De modo que hemos dado la vuelta completa al círculo y la historia nos ha traído de vuelta a México y al sur de los Estados Unidos. Es lamentable que los muchos dialectos hablados por los indios americanos contribuyan tan poco a la hora de ofrecer descripciones significativas de los perros nativos. Los indios, artistas altamente creativos, usaban más el simbolismo que el realismo, y para dar a conocer a las generaciones venideras las experiencias y los hechos del pasado se apoyaban únicamente en la tradición oral conservadas y transmitidas por los narradores.
Hay una tradición que se refiere claramente al Chihuahua. Se creía que este perro no sólo podía ser un compañero en el otro mundo, sino que podía desempeñar una función mucho más seria a favor de su dueño. Se pensaba que los pecados del dueño eran transferidos al perro, con lo que el primero tenía entonces entrada libre al otro mundo. Llegar allí no era tarea fácil, ni siquiera para un alma libre de pecados.
El franciscano fray Bernardino de Sahagún, que vivió en la época de la conquista española, era un gran admirador de los aztecas. Él escribió mucho y registró cierta versión de una leyenda muy conocida que puede explicar un par de rarezas modernas… Primero, la historia.
Escribiendo acerca de la asistencia espiritual que ofrecían los perros, decía que los muertos, junto con todas sus ropas y pertenencias, eran incinerados, pero aquel que no tenía nada partía solo y desnudo y debía arrostrar muchas penas y sufrimientos para atravesar el lugar de las aspas de obsidiana. A éste, le hacían llevar un perro amarillo a cuyo cuello ataban una cuerda de algodón. Se decía que el perro abriría paso al muerto a través del paraje de los nueve ríos, en la tierra de los muertos.
Un narrador se refiere a «un perro amarillo que usaba un cordón de algodón de tejido suelto en forma de collar. Los hombres dicen que él lleva al muerto a través del río de los nueve brazos hacia Meitlantecutli. Allí el cauce es ancho y los perros son los barqueros, de modo que cuando cada uno reconoce a su amo, salta al agua para ayudarlo en la travesía».
Los colores son significativos en todas las culturas, y para los aztecas el amarillo representa la muerte. Por eso, los perros amarillos eran sacrificados, de manera que pudieran preceder a sus amos en el viaje hacia la otra orilla. Allí esperaban, para ayudar a sus queridos amos a cruzar el río de los nueve brazos.
Cuando uno ha experimentado la absoluta devoción de un Chihuahua, le resulta fácil entender cómo aquella cultura tan desarrollada pudo creer que un perro como éste asumiría de buen gusto los pecados de su amado dueño. Y más aún, que ese mismo perro esperaría la llegada de su amo.